CAPÍTULO I: El tiempo es oro

Alicia abrió la puerta del Peugeot 207, su coche, y salió sujetando el bolso como pudo entre las bolsas de la compra. Acababa de aparcar, y había tenido suerte porque había conseguido un hueco enorme muy cerca del portal de su amiga. Buscó las llaves del coche en el bolsillo trasero de su pantalón, y cuando por fin las encontró se le resbalaron de los dedos hasta caer al suelo. “¡Mierda!”, pensó.

Cuando se agachó, con dificultad por las bolsas de la compra, a recoger las llaves, una colilla de Ducados cayó muy cerca de sus manos, y alguien se adelantó para pisarla hasta quedar a sólo un paso de distancia de Alicia. Reconoció enseguida esos botines de piel marrón de imitación serpiente.

Ella recogió las llaves rápidamente y se alejó dos o tres zancadas como si acabara de ver al propio diablo.; y algo de razón tenía en eso. Mario la miró a los ojos y sonrió de forma burlona; quería saborear su pequeña victoria. Alicia, sin embargo, sólo quería salir corriendo de allí y ponerse a salvo, pero sabía que eso conseguiría cabrear más a Mario, y únicamente empeoraría las cosas.

En medio del cruce de miradas, él decidió adelantarse un par de pasos, y lo hizo despacio, sin inmutar siquiera su expresión para demostrar lo tranquilo que estaba. Pero sus ojos, colmados de ira, no decían lo mismo. Alicia, por su parte, dio un respingo y volvió a retroceder para mantener la distancia que la separaba de Mario. Su respiración se aceleró por el miedo, y su corazón parecía querer escapar de su pecho.

  • ¿No vas a darme un beso? -rompió Mario el silencio.

  • Vete, Mario, por favor. -respondió Alicia entrecortadamente. – No puedes estar aquí, llamaré a la policía. -añadió mientras palpaba su telefóno móvil dentro del bolso.

  • No hace falta, sólo quiero hablar, ya que la última vez apenas pude hacerlo. -dijo él, saboreando los ácidos recuerdos de la policía deteniéndolo en su propia casa para llevárselo al calabozo. El rencor impregnaba cada una de sus palabras de forma corrosiva.

  • Ya está todo hablado. Por favor, vete. -insistió Alicia dejando que el miedo dibujase su expresión.

Mario no respondió. En su lugar, suspiró profundamente y le dedicó a su mujer una mirada casi compasiva. Se adelantó otros dos pasos más, ignorando las advertencias.

  • Cariño, ¿cuándo vas a entender que yo sólo quiero volver a casa con mi familia? -dijo empleando un tono de voz desesperado, dándole ese matiz de victimismo que ya le había funcionado con ella muchas otras veces.

  • Eso no puede ser, Mario. -respondió Alicia intentando parecer firme. -Ya no somos una familia.

La ira contenida de Mario le hizo darle una patada impulsiva a un contenedor de basura que se encontraba justo al lado; lo primero que tuvo a la vista. Alicia se asustó al verle, aun más, pero intentó mantenerse entera como pudo.

  • No digas eso. -le advirtió Mario señalándola brúscamente con el dedo. Su tono de voz había perdido cualquier rastro de cordialidad. -Ni se te ocurra volver a decir eso.

  • Vete; te lo digo por última vez. -le advirtió Alicia, esta vez sacando del bolso el teléfono móvil.

  • ¿Y el crío? ¿Dónde está el crío? -la ignoró.

  • Está bien. -respondió ella, seca y escueta. No tenía ninguna intención de hablarle de su hijo.

  • Recógelo y vámonos a casa. -imperó.

  • No, Mario. Tienes que marcharte ya.

  • ¡No me voy a ir sin vosotros! -bramó, perdiendo ya del todo los nervios.

  • Entonces tendré que llamar a la policía. -respondió ella, e inmediatamente comenzó a marcar el número. Ya le había dado demasiado margen para irse.

  • ¿Y qué les vas a decir? ¿Eh? ¿Que tú y tu bastardo autista no queréis volver a casa conmigo? -exclamó con veneno. -¡Me habéis abandonado, Ali! ¡Las buenas mujeres no abandonan a sus maridos!

La voz de una muchacha joven respondió por la línea, y entonces Mario supo que iba en serio. No quería volver al calabozo, y mucho menos a la cárcel. Se mordió la lengua como pudo, se tragó su ira y su enfado, y con los puños apretados y la mirada amenazante retrocedió por el callejón, se dio media vuelta y desapareció por donde había venido.

Alicia se llevó una mano al pecho y respiró tranquila del alivio. Agradeció que no hubiera estado borracho, porque seguramente aquello habría tenido otro final mucho peor. Notó cómo las piernas le temblaban ligeramente de los nervios y del miedo que había pasado al verlo tan cerca de ella otra vez. Pero se juró que Mario ya no volvería a hacerles daño.

La voz al otro lado del teléfono volvió a preguntar “Policía nacional, ¿en qué podemos ayudarle?”, y Alicia recordó entonces que todavía estaba llamando.

  • Discúlpeme, ha sido un error. -respondió, y luego colgó.

Recogió con cuidado las bolsas de la compra, cerró por fin su coche, y cruzó la calle para llegar al portal de su amiga, donde ella y su hijo se alojaban temporalmente.

****

La escalera de madera crujía a cada peldaño que Nora avanzaba. Quizá esa fuera la parte más arriesgada de su trabajo: colocar los libros en la estantería de arriba. Cargaba diez tomos de las obras completas de Shakespeare en el brazo izquierdo, mientras intentaba colocarlas con la mano que le quedaba libre, de puntillas y casi haciendo equilibrios. Eran las nueve y media de la mañana, hora perfecta para colocar los últimos tomos; todavía faltaba casi una hora para que la biblioteca comenzara a recibir a sus primeros usuarios.

Nora tomó aire y lo soltó despacio para colocar el último tomo que le faltaba. El hueco que quedaba para él era el más alejado, lo que implicaba un pequeño y lento estiramiento para conseguir dejarlo en su sitio. Volvió a tomar una bocada de aire despacio, y lo retuvo unos instantes mientras intentaba no mirar abajo. Se estiró sobre sus empeines y elevó el brazo todo lo que le fue posible con el libro sobre la punta de los dedos.

  • ¿Te ayudo? – La interrumpió una voz conocida.

Nora dio un pequeño respingo por el susto y perdió el equilibrio. El tomo cayó al suelo a plomo, pero por suerte ella consiguió agarrarse a tiempo a la estantería, y quedó en una especie de limbo entre ésta y la escalera.

  • ¡Suéltate! -Exclamó Alejandro.

  • ¡¿Pero tú qué haces aquí a estas horas?! -Bramó Nora.

  • Suéltate, que te tengo, cabezota -le repitió su hermano, esta vez con voz cansina.

Suéltate, que te tengo, cabezota”. Esas palabras desatascaron el baúl de su memoria y comenzaron a mostrarle imágenes del pasado. El jardín de la casa de sus padres, una mañana de verano. Nora, apenas con seis años, había estado jugando con su hermano Eloy a la pelota. El pequeño balón de goma rebotó en una de las jardineras de rosales y fue a parar al tejadillo del porche. Nora decidió actuar en vez de esperar la ayuda de los mayores, y consiguió subir al tejadillo mientras Eloy le recomendaba ser más paciente. Rescató la pelota con éxito, pero se enganchó a la hora de bajar y resbaló, quedándose colgada de brazos de uno de los canalones del agua. Eloy se asustó y pidió ayuda al único “mayor” que no podía castigarlos. Alejandro apareció enseguida, y después de convencer a su hermana para que se dejara caer, la recogió en el aire. “Suéltate, que te tengo, cabezota” fue lo último que Nora escuchó antes de soltar sus deditos del borde del canalón del porche. Después, los brazos de su hermano la atraparon antes que el suelo, y consiguió llegar sana y salva a tierra firme.

  • Alex, por tu madre, no me dejes llegar al suelo. -le suplicó Nora. Apretó los ojos y se soltó.

Los brazos de Alejandro la interceptaron a tiempo, tal y como le prometió. Nora abrió los ojos y vio la mirada parda y risueña de su hermano mayor, que le sonreía. Alejandro era todo lo contrario a ella, alto y corpulento, pero en forma, con el pelo oscuro, la barba cerrada y los ojos profundos.

Cuando notó que sus pies ya tocaban el piso, recogió el libro, le acarició un par de veces la piel de la cubierta y lo dejó en el carrito que utilizaba para transportar los libros que tenía por colocar.

  • Espero que estés aquí porque te haya dado por la lectura en tus días libres. -lo saludó recolocando la escalera.

  • Yo también me alegro de verte -le sonrió su hermano. -Y no, hoy no es mi día libre. Estoy trabajando.

  • Si te manda papá, dile que estoy ocupada. Que ya le llamaré -siguió ella, y comenzó a subir de nuevo por la escalera con el libro en la mano.

  • Tampoco vengo por papá.

  • ¿Entonces qué haces en mi trabajo un lunes por la mañana? -Colocó por fin el libro en su sitio, y sintió entonces que todo estaba un poquito más equilibrado.

  • No estaría aquí si cogieras mis llamadas -respondió Alejandro en tono de reproche, – pero como siempre estás tan localizable, -ironizó dejando los ojos en blanco – me he visto obligado a venir a buscarte donde sabía que te encontraría.

Nora se tomó unos segundos para bajar de la escalera sin sufrir ningún percance inesperado; acababa de librarse de uno importante.

  • Pues aquí me tienes, Holmes. ¿En qué puedo ayudarte? -se giró hacia él con los brazos cruzados.

  • Vengo para pedirte que vengas conmigo a comisaría.

  • ¿Es por algo que he hecho yo? -preguntó con una ceja arqueada.

  • No -respondió su hermano imitándole el gesto.

  • ¿Es por algo que ha hecho papá?

  • Tampoco.

  • Entonces no me interesa -y se giró para coger la escalera y guardarla.

Alejandro la sujetó por el brazo en un intento desesperado por detenerla.

  • Espera, Nora. Necesito que le eches un vistazo a unas cosas sobre el caso de Mateo Ribera -le dijo con voz queda y mirándola fijamente a los ojos.

  • ¿El niño que no aparece? -Preguntó ella sin pestañear.

Su hermano mayor asintió.

  • Las pocas pistas que hemos conseguido no nos llevan a ningún sitio coherente. Ha pasado más de un año, y todo está paralizado. No hemos encontrado nada. Parece que la tierra se lo haya tragado.

Nora suspiró lentamente y volvió a posar la escalera en la estantería.

  • ¿Y qué quieres que haga yo? -preguntó casi de forma retórica.

  • Estoy seguro de que podrías darnos alguna pista.

  • Claro, con mi bola de cristal -se mofó ella.

  • Hablo en serio -respondió Alejandro.

  • Yo también – remarcó Nora con voz firme. -Si vosotros no lo habéis encontrado ya después de remover cielo y tierra, dime: ¿qué puedo hacer yo?

El silencio puso el acento entre sus miradas durante unos instantes.

  • He hablado con el comisario -rompió Alejandro. – Le comenté lo de tu colaboración en la investigación del caso, y no le pareció mala idea. No es la primera vez que se hace algo así, no seríamos pioneros. Además, él te conoce personalmente desde hace varios años, sabe que podemos confiar en ti.

  • Me siento muy halagada, pero tengo que rechazar la invitación -Nora volvió a coger la escalera, y esta vez enfiló el pasillo antes de que nadie pudiera detenerla.

  • Sé que hace años que no lo haces, pero te necesita -dijo Alejandro mientras veía cómo su hermana se alejaba con paso firme.

Nora se frenó en seco y giró sobre los talones.

  • ¿Quién? -Preguntó.

  • Mateo.

Alejandro avanzó entonces un par de pasos y acortó las distancias para no tener que elevar demasiado el tono de voz.

  • No lo has visto todavía,… ¿verdad? -Preguntó él con el tenue brillo de la esperanza en los ojos.

Ella negó con la cabeza lentamente sin pestañear.

  • En la comisaría piensan que estoy loco por creer que aún podemos encontrarlo con vida, pero yo sé que si lo hubieras visto, me lo habrías contado -añadió dibujando una pequeña mueca que se asemejó bastante a una sonrisa. -El tiempo es oro.

Nora le sostuvo la mirada a su hermano hasta que se le secaron los ojos y tuvo que pestañear. No sabía muy bien si estaba enfadada en ese momento, ni tampoco con quién exactamente; muy en el fondo admitía que Alejandro tenía parte de razón, aunque no se lo diría.

  • ¿Sabes? -Rompió Nora casi en un susurro. – De alguna forma, has heredado de mamá la virtud de creer en las causas perdidas.

Su hermano ensanchó levemente la sonrisa al recordar a su madre.

  • Pero a ella se le volvió en su contra al conocer a papá, -añadió la muchacha cabizbaja – y fue su perdición. -Clavó de nuevo sus ojos castaños en Alejandro, suspiró y continuó: – No te puedo prometer nada, esa es mi respuesta.

  • Pero eso es casi un sí, ¿no? -exclamó Alejandro a distancia.

  • Te llamo luego. Déjame trabajar -respondió sin girarse.

  • ¿Luego cuándo?

Nora ya había echado a andar por el pasillo con la escalera, y no parecía tener pensado mirar atrás.

****

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