PREFACIO – Pecados

Un relámpago cruzó la ventana abierta, y reflejó en el cristal de un vaso de Cutty Shark a medias que había encima de la mesita de noche. El humo del porro de marihuana trepaba por una tela invisible, dibujando figuras extrañas entre los dedos de Nora. La noche era una de tantas de mediados de diciembre, en un barrio del centro de una gran capital. La lluvia caía con fuerza, y a ella le encantaba verla caer.

El insomnio volvía a susurrarle al oído, aunque a esas alturas quedarse despierta hasta las cuatro de la madrugada ya era casi una rutina. Estaba tumbada en la cama, revisando unos manuscritos que había traido de la biblioteca; nunca cumplía eso de no llevarse trabajo a casa.

El juego de luces y sombras que creaba la lámpara de pie trazaba espectros abstractos por toda la habitación. Los Black Keys sonaban desde el equipo de música a un volumen tan suave que casi se confundían con la melodía de la lluvia. En el edificio de enfrente, el matrimonio del séptimo volvía a discutir frente a la ventana con la luz encendida. La necesidad que tienen algunas personas de airar sus problemas al exterior como si tal cosa llegaba a confundirla a veces. Ella, que adoraba su pequeña fortaleza interior, su preciado rincón de paz y bendita soledad.

La ventana del cuarto se cerró de repente, como si una mano invisible la hubiera golpeado con rabia. El equipo de música empezó a comportarse de forma extraña; la canción comenzó a desfigurarse con sonidos graves hasta que se paró. La luz de la lámpara parpadeó un par de veces justo en ese momento. Nora estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas y completamente perdida en un texto del historiador Manetón sobre la invasión de Egipto por los hicsos. Apartó a un lado el compendio, soltó el humo cannábico de sus pulmones en una bocanada, y esperó pacientemente. No transcurrió ni un minuto cuando comenzó a oír un llanto amargo y desconsolado que provenía de la calle. Nora se levantó entonces, volvió a abrir la ventana y se asomó. Efectivamente, había una persona llorando sentada en un banco. Parecía un hombre, de mediana edad quizá, con ropa oscura y algo maltratada, pero había algo en él que lo diferenciaba del resto de los escasos transeúntes que callejeaban a esas horas bajo la lluvia. Una ligera luminiscencia extraña parecía emanar del centro de su cuerpo, como si fuera una pequeña luciérnaga perdida en medio de un oscuro campo de maíz. Además, a pesar de la lluvia, su ropa y su pelo no parecían mojados.

Nora terminó la piedra de whisky de un solo trago; después cogió una chaqueta de punto fina y larga, y se envolvió en ella para poder disimular que llevaba debajo el pijama. Cogió las llaves y un paraguas, y salió del apartamento hablando sola. Despotricaba contra ella misma, contra el viento frío que le cortó la cara nada más salir del portal, contra aquél que le estaba haciendo echar horas extra un domingo por la noche, fuera quien fuese. Cuando llegó abajo, se acercó al banco, se sentó al lado de aquel hombre desconsolado, y le miró mientras le mostraba una media sonrisa comprensiva; ya se le había pasado el cabreo, más o menos. El hombre pareció sorprenderse y cesó el llanto durante un momento; miró entonces a su alrededor y observó que nadie más le estaba prestando atención excepto ella.

  • Hola, me llamo Nora -se presentó con una voz suave y melodiosa. Ella sabía que el hombre no iba a mojarse, pero aun así se acercó más a él y le cedió la mitad del resguardo que ofrecía el paraguas. – Creo que puedo ayudarle.

  • Hola, Nora. Yo soy Ángel, el padre Ángel. Un placer -respondió el hombre, limpiándose las lágrimas con la manga del abrigo. Pero no había lágrimas. – ¿Tú puedes… -comenzó con voz temblorosa -… verme?

Nora asintió y se acomodó en el banco cruzando las piernas. Entonces sacó del bolsillo de la chaqueta el porro que tenía a medias y un mechero. Se las apañó para sujetarlo con los labios sin soltar el paraguas; lo prendió y aspiró una larga e intensa calada, que retuvo unos segundos en sus pulmones antes de soltar en un suspiro espeso y humeante.

  • ¿Eso es cannábis? -Preguntó el párroco con cierto tono de ingenuidad.

  • Sí. ¿Quiere? -Le ofreció ella.

  • Dios bendito -musitó el hombre mientras se persignaba.

Nora soltó una pequeña risotada.

  • Discúlpeme, padre. Hoy he tenido un día difícil. Me lo merezco -dijo. -Cuénteme, ¿qué le ocurre? -Y espiró otra bocanada de humo hacia el lado opuesto donde se encontraba él.

  • Espera, espera. ¿Cómo es que puedes verme?

  • Es una larga historia, -respondió la chica – pero sí que puedo decirle que si usted está aquí es porque tiene algún asunto pendiente que no le permite cruzar. Y yo puedo ayudarle con eso.

  • ¿Cruzar adónde, hija?

  • No lo sé, no puedo respondérselo. No he estado nunca allí, y tampoco conozco a nadie que haya vuelto. Pero después de tantos años en esto, me atrevería a asegurarle que es un buen sitio.

  • ¿Y no será el Cielo? -Preguntó Ángel desviando la mirada hacia un cielo de madrugada, anaranjado y encapotado por la lluvia y la contaminación lumínica. – ¿Eres creyente, Nora? -Se atrevió a preguntar, mirándola ahora.

  • No, padre -respondió ella antes de dar otra calada. – Sólo creo en lo que veo, y no he visto a Dios todavía.

El padre Ángel no pareció sorprenderse por esa respuesta. La miró como si fuera de su familia, y sintió en ese momento la necesidad de abrazarla. Pero sabía que no podría hacerlo, pues su piel translúcida no se lo permitía ya. Nora no tendría más de veintitantos años, pero pudo ver en su mirada un rastro de tristeza delatora que envejecía su alma; no era muy alta ni corpulenta, más bien lo contrario. Tenía una espesa melena larga y rizada en tonos castaños y cobrizos, como pinceladas espontáneas en un cuadro de Goya, y no parecía muy a favor de arreglarla, pues la llevaba alborotada y a su libre albedrío. Sus ojos eran los de una niña adulta, grandes y castaños. Le recordaba a una sobrina suya.

  • Vamos, cúenteme -insistió Nora tras ese breve silencio. -Cuanto antes lo haga, antes podré ayudarle.

  • A eso iba, hija. Verás… Hace poco más de dos semanas, justo la tarde de antes de que yo… -se interrumpió un momento para tomar aire y poder decirlo en voz alta; todavía no lo había hecho -… falleciera, -dijo al fin – una de mis feligresas, que conozco bien porque viene todos los domingos a misa y colabora con la asociación de la parroquia, acudió a la Iglesia en mi ayuda porque necesitaba que la confesase. El asunto parecía urgente, aunque, como ya te he comentado, conozco bien a esta mujer y puedo decirte que, y Dios me perdone, es muy dada a la exageración con lo que respecta a su vida cotidiana. Pero yo tenía prisa en ese momento porque necesitaba hacer unos recados para la asociación. El caso es que la despaché enseguida excusándome por mi falta de tiempo; Dios sabe si puede que se tratase de la culpa que sentía por haberle dado un triste azote en el trasero al niño con la palma de la mano, y necesitaba expiar su pecado rezando dos Padrenuestro. – El párroco hizo una pequeña pausa para revisar que no se hubiera dejado ningún dato importante. -Esa noche morí de un ataque cardíaco en mi casa, así que ya no pude confesarla -continuó. -Necesito a alguien arrepentido por sus pecados que se confiese conmigo, y así poder limpiar de la culpa su alma y la mía. Por eso te he preguntado si eres creyente.

  • Entiendo -respondió ella. El humo salía de su boca como una pálida serpiente flotante. -Entonces dice que tengo que encontrar a alguien creyente que acceda a confesarse con un párroco difunto, teniendo en cuenta que yo tendría que estar presente en esa confesión por motivos obvios, sin olvidarnos de su necesaria predisposición a hablar con un espíritu, para que usted pueda cruzar.

El padre Ángel asintió sin decir nada.

  • No le voy a mentir, no va a ser fácil -confirmó Nora.

  • Ya… -Se lamentó el párroco. De repente, levantó la cabeza y la miró con una chispa de esperanza en los ojos. -Nora, ¿tú tomaste la Primera Comunión? -Preguntó impaciente.

  • Sí. Y no volvería a por la segunda, créame.

  • ¿Y si te confiesas tú? -Exclamó emocionado.

Nora dio la última calada que le quedaba y apagó la colilla en el suelo mojado.

  • ¿Yo? -Dijo a trompicones y tosiendo por habérsele atragantado esa última calada.

  • Sí, tú -confirmó el padre Ángel con una sonrisa. – ¿No tienes pecados, hija mía?

  • No es por falta de pecados, padre. El problema es que no me arrepiento de ellos.

  • ¿Seguro que no hay nada que te desvele por las noches? ¿Algo que te grite la conciencia? -Insistió el párroco.

La muchacha quedó pensativa unos instantes. Conciencia. ¿Qué es la conciencia? ¿Un estado de la mente? ¿Una programación de fábrica alineada con la moral? ¿Acaso la conciencia no es sino una parte de nuestra alma, una esquina en nuestro ser más puro, más auténtico? Fundamentada en valores y principios como si de pilares maestros se tratara, la conciencia pesa cuando lleva demasiada carga. Después llega el arrepentimiento, y luego la culpa. Entonces la conciencia es la antesala de la culpa, y la culpa nos destruye. Por eso Nora hacía ya tiempo que había dejado de escuchar esos gritos de su conciencia por los que preguntaba el padre Ángel. Vivía en un “mute” permanente con ella misma, pero con el volumen de la música al máximo; como si los Rolling Stones tocaran en un concierto inagotable bajo esa mata de pelo suya. Y al igual que éstos, Nora se ayudaba frecuentemente del alcohol y otras cosas para poder concederse ese “último” concierto; esa última vez que nunca es la última.

  • No sé qué decirle, padre -respondió ella al fin. -Siéndole franca, ni siquiera sé si me queda algo de eso que usted llama conciencia.

  • ¿Y qué me dices de eso? -Señaló Ángel el pequeño tubito sustancioso y todavía humeante que Nora había apagado en el suelo escasos instantes antes.

  • ¿Se refiere a la…?

  • Sí, a esa planta del demonio. Que la llamen como la Santísima Madre es una aberración.

  • Sólo la utilizo para relajarme, el nombre que le pongan me trae sin cuidado. ¿Sabe? No es fácil esto de… -Nora señaló al párroco y a ella misma varias veces con el dedo índice, -… ya sabe. Se le puede cerrar el pico a la gente si empiezan a saturarla a una, pero a ellos no. Ellos nunca se callan. Y no se me ofenda, por favor. Usted ha sido un encanto desde el principio -confesó, y después soltó todo el aire contenido en un profundo suspiro.

  • Descuida, hija. Tienes un don peculiar, eso debo admitirlo. El Señor te lo ha concedido por algún motivo, Nora.

  • El Señor dejó de escucharme hace tanto tiempo, padre, que se puede meter el don por donde le quepa.

Ángel se persignó de nuevo, mirando al cielo, para pedirle disculpas en su nombre.

  • Nora, ayudas a las personas, hija mía. Tú misma me lo has dicho al principio; estás aquí para ayudarme a cruzar.

  • Y porque si no llego a bajar, usted no habría parado de lloriquear debajo de mi ventana en toda la noche.

El padre volvió a sonreirle con la comprensión en los labios. Ese carácter de la muchacha no era sino tristeza enquistada y disfrazada de mal genio.

  • A veces me tapo los oídos con la almohada, me pongo a cantar a los cuatro vientos, o simplemente doy media vuelta y me marcho -siguió ella. – No es algo de lo que me sienta especialmente orgullosa. Sé que necesitan mi ayuda, y sé que soy una de las pocas personas de este mundo que puede dársela. Pero aún así me marcho.

  • ¿Eso es una confesión, Nora? -Preguntó el párroco.

  • Si a usted le vale…

  • ¿Te vale a ti?

Nora le miró directamente a los ojos y sonrió de verdad por primera vez en toda la conversación.

  • ¿Lo hacemos oficial? -Preguntó de nuevo Ángel.

  • Adelante, padre. Terminemos con esto. Hace un frío del carajo.

El cura pasó por alto la palabrota intencionadamente.

  • Bien -se giró hacia el frente como si una mampara invisible de confesionario estuviera colocada entre ellos. – Ave María Purísima.

  • Sin pecado concebida… ¿Qué venía ahora?

  • “Bendígame, padre, porque he pecado” -le ayudó el párroco. -¿Cuánto tiempo hace de tu última confesión, Nora?

  • Ahora mismo no tengo ese dato, padre. Pero créame que mucho tiempo -respondió ella intentando hacer memoria.

Ángel sonrió por una de las comisuras. Aquella jovencita impía empezaba a inspirarle una simpatía sincera.

  • Bien. Procede, hija mía.

  • Soy esa clase de persona en la que nunca quise convertirme -comenzó clavando la mirada en alguna parte. -Me he pasado demasiado tiempo culpando de ello a los demás, cuando la única culpable soy yo misma. Pero soy cobarde, padre. Por eso llevo tanto tiempo huyendo.

  • ¿De qué huyes, Nora?

  • De mí, la peor enemiga que me he echado nunca a la cara.

El párroco esperó unos segundos para que ella se recompusiese.

  • ¿Te arrepientes?

  • Sí -respondió ella rotunda. – Me arrepiento cada día que pasa.

Los ojos de Nora estaban secos, pero en el centro de su pecho se había instalado un nudo que apenas le dejaba tragar saliva.

  • Hija, las personas cometemos errores. Somos débiles, egoístas e imperfectos. Es lo que conlleva ser un ser humano. Perdemos el rumbo a veces, y sólo depende de nosotros encontrarlo de nuevo. Tú eres tu propia brújula, Nora.

  • Eso no suena muy católico, padre. ¿No se supone que el Señor es nuestra guía? -Preguntó arqueando una ceja.

  • El Señor no puede guiarte, sólo acompañarte por el camino que tú elijas -sonrió el párroco. – Él sabe que no eres ninguna cobarde, Nora. Y aunque tú pienses que sí, Él nunca ha dejado de escucharte.

Ángel hizo un gesto en cruz con la mano derecha y suspiró aliviado. Nora también suspiró.

  • Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

  • Amén -respondió Nora con una mezcla de alivio y desgana.

En ese momento, el párroco distinguió una luz blanca e intensa que iba ensanchándose a lo lejos. Sintió una sensación de paz y calma que lo puso en pie prácticamente de un salto.

  • ¿Es ahí, Nora? -Le preguntó entrecerrando los ojos por la luz.

  • Sólo puede verla usted, padre. Pero yo juraría que sí -respondió la chica con una media sonrisa complacida.

  • Gracias. De verdad. Y hasta siempre -se despidió el párroco, caminando ya en dirección a la luz.

  • Hasta siempre, padre. Cuídese mucho -dijo Nora observando cómo él desaparecía poco a poco, envuelto en un haz de luz que terminó por extinguirse.

Una vez se hubo quedado sola, Nora volvió a su apartamento. Comprobó que Lola, su compañera de piso, seguía durmiendo profundamente. Luego se encerró en su cuarto y se dejó caer en la cama, apretando la almohada contra ella. Esa madrugada lloró hasta quedarse dormida por el agotamiento.

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